Los límites del cielo

Los límites del cielo

1.Encuentros inesperados

El orden es una inclinación fuerte en mi no naturaleza que, de vez en cuando, se me da por respetar. Nada a simple vista parece ordenado, por supuesto. Pero el orden no es visible: el orden es una sustancia extraña que suele vestirse de caos sin mediar palabra. Al menos es lo que me digo cuando se me acumulan papeles, procrastinaciones variopintas, fugas de mediciones concretas, visibles, rayanas con la obsesión. Y es lo que me ha estado pasando con una de mis cuentas de correo electrónico. Supongo que, como les ocurrirá a muchos y muchas de ustedes, la acumulación de cuentas es un claro nuevo síntoma del síndrome de Diógenes. Es que -me dirán ustedes- con tanta necesidad de mediaciones tecnológicas resulta que, así como nos estamos transformando en acumuladores/as compulsivos/as, parece que nos estamos volviendo una suerte de agentes secretísimos de la Nada. Algo [la Nada] por lo demás que, a estas alturas, es el único imperio que domina buena parte de nuestra existencia.

Lo anterior se me ocurre porque me quedo sin almacenamiento en una de esas cuentas y entro en pánico. ¿Qué borro? ¿Qué puedo no necesitar después? Nada y todo. El pánico dura lo que un microsegundo porque ya vengo ejercitando el desapego desde que empezó la pandemia. De modo que manos a la obra y a borrar lo que haga falta. Es cierto que no contaba con su astucia (con la del correo, obvio) y me impacta la cantidad de mensajes que he acumulado desde el 2007 aproximadamente. “Vamos al final”, me digo, y ahí empieza un trabajo de hormiga que intenta desatar el implacable nudo vívido de lo que ha sido, de lo que no fue, de lo que no será. A la vista, muy poético. Y sin embargo se trata apenas de un tachar despiadado y sin miramientos. Aunque…Siempre hay un pero en este universo y en los otros múltiples paralelos de los que vendrán nuestros futuros a quejarse por el desastre que le hemos legado (se advierte tufillo a spoilers de Tenet, señalo al pasar). Decía:  el “pero” es que, sin querer, un mensaje, lejos de borrarse, desplegó sus letras desatinadas como si yo tuviera ganas de leerlo. No, no sé si tenía ganas de hacerlo, y sin embargo se ofreció mejor que nunca

¿De qué iba el mensaje? Ah, no, ese detalle no cuenta. En su mismo centro, como armándose de valor, un fragmento bellísimo de un texto que leí hace tanto, asomaba estas hechuras deliradas:

“El sueño y la noche no son nada; en ellos la sustancia indudablemente dura, e inclusive cobra fuerza, o desenrosca sus ocultos anillos. Entonces el espíritu, al retirarse al sueño ligero, parece regresar al vientre, a una seguridad y naturalidad mucho más profunda que su vida turbada. Sabe que, mientras duerme, todas las cosas esperan, duran y maduran; todas respiran interiormente la misma paz que lo envuelve a él sólo en la noche. Esos cuerpos celestiales, que cuando se les mira no parecen ser sino motitas parpadeantes, son en realidad gigantes dormidos; ruedan con un enorme impulso sobre prodigiosas distancias, y mantienen al mundo en equilibrio. Las rocas están arraigadas en su fundamento enterrado, el lecho del mar se extiende debajo de él y lo sostiene; la tierra cavila sobre su ominosa sustancia, como una naranja ardiente que tuviera una cáscara de piedra. Es esta calma y desembarazo universales en las cosas, que nos custodian sin ser vigiladas, la que sostiene principalmente nuestra cordura y nuestro valor. Esta constancia nos da seguridad; los ojos pueden cerrarse en paz, en tanto que la mano del niño en sueños, cerrándose a medias, se prepara a aferrar una espada”. [Santayana, Los reinos del ser].

No quisiera hacer exégesis alguna de semejante fragmento. Por respeto al mensaje que se dejó ver sin que se lo pidiese, por respeto a la belleza materialista de su contenido. Me dejo llevar por la cadencia de las cosas que nos cuidan en la noche profunda de lo que permanece y que hace que todo se equilibre a pesar de los límites del almacenamiento y de nuestra (in)capacidad para borrar lo que constituye la razón de nuestra sensatez.

Esas motitas parpadeantes, esos gigantes dormidos.

2.Efecto mariposa

Yo no sé si más allá de la calma y el desembarazo universales en las cosas, hay un fundamento que articula las piezas rotas de este rompecabezas de cáscara de piedra. A veces me parece que sí, que no hay asociación libre que valga, que todo se une cuando es el momento de esperar, durar y madurar.

Como quien no quiere la cosa, se cuela una asociación que estuvo ya hecha, pensada y custodiada por la materia antes que los gigantes dormidos despertasen.

Porque la cuestión empieza una vez que advertimos que el cielo (al menos el cielo que divisan este par de ojos desde un pequeño planeta azul) tiene límites precisos o no. Y que esos límites fueron recortados sobre el trasfondo confuso de las luces y las sombras que se tejen allá arriba mientras nadie mira, mientras todo sueña.

Esos límites tienen, tuvieron y tendrán, las formas caprichosas que alguna tribu navegante convino en fabular: Casiopea, el Carro, la Virgen, la Balanza, Osa Mayor…

Yo no lo sabía, pero de aquellas formas de gigantes dormidos, fueron quedando pocas, poquísimas. Sospecho que siempre hay un momento en que partes de la materia del mundo deja de sentirse atraída por el esfuerzo de los remos o por el encanto animista de las evocaciones tribales. Y entonces otra prosa ocupa el espacio entre lo que puede ser pensado, dicho, demorado en la eterna solidez de las cosas.

Por eso es que los remeros dejan paso a otras configuraciones y en los límites del cielo se desdibujan algunas motitas parpadeantes y el mapa celeste desplaza, ajusta, remodela, todo aquello que implica nuestra mirada ascendente.

Yo no lo sabía, pero fue para 1930 cuando un astrónomo belga, Eugène Joseph Delporte, dispuso la delimitación definitiva de las constelaciones, reagrupando la esfera celeste en ochenta y ocho constelaciones con límites precisos, de forma tal que todo punto en el cielo quedara dentro de los bordes de una figura. Algo que consiguió siguiendo ascensiones directas y declinaciones (expresiones que suenan a poesía, pero que son la prosa de ángulos y puntos visibles). La Unión Astronómica Internacional (UIA) había encomendado tamaña tarea en 1928 porque el cielo no es cualquier materia; no es, siquiera, el territorio mental de nuestras ensoñaciones. El cielo es el mapa aspiracional de nuestro conocimiento: representa el principio del orden, la condición de posibilidad de nuestro destino puesto que es la condición de posibilidad de nuestro origen.

Eso será para la UIA –me digo- (suponiendo que sus miembros piensan algo semejante). Para mí, los límites del cielo son todas las figuraciones de todos los pueblos remo o no mediante, que han proyectado en él los mensajes cifrados en motas parpadeantes que se niegan -siempre lo hacen- a renunciar a su origen mítico. Que se niegan -siempre lo hacen- a dejar de ser la constancia de las cosas que hace posible nuestra noche tranquila.

Esas motitas parpadeantes, esos gigantes dormidos.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.