1. Conversaciones
Andaba yo pensando en estas cosas simples de la vida, cuando reparé en esas charlas que no se saben ni cómo empiezan ni como terminan, pero que de pronto te quitan el mantel con la mesa tendida. Para bien. Porque el efecto inmediato es la limitación del discurrir monótono de las respuestas habituales y de los senderos harto recorridos de las formalidades.
Como es de público conocimiento, el pensamiento nunca es ocioso. Porque todo se inició cuando quise reponer una de esas charlas que sí tuvo lugar hace unos pocos días. Conversación, por otra parte, que habilitó la ocasión -a la vez que dos ensaladas se negaban a disminuir sus hojas infinitas y se tornaban eternas como el contenido de una divina cornucopia-, de derrapar con un malentendido que paso a relatar.
Resulta que con una querida amiga estábamos departiendo sobre temas varios cuando de pronto nos encontramos, criteriosamente, distinguiendo la banalidad de un tema y la profundidad de otro.
-Che, Aure, vi un documental sobre… (enunciado inaudible).
-¿De demonios o de momias? No te escuché.
-¡No! De momias, obvio, ¿cuánto podés hablar acerca de moños?
-¿¿¿¡Cómo!??? Se me ocurre que se puede hablar y mucho de íncubos, súcubos, la demonología completa, bah… (en el mientras tanto, mi cabeza se puebla de varios seres imaginarios. Pero por alguna razón se me aparece un viejo personaje, Henri de Aramitz, Aramis para los amigos, uno de los mosqueteros de Dumas. Según mi vago recuerdo este noble señor debía su nombre a la inversión de otro, Simara. Y Simara no es otra cosa que un viejo demonio, cuyo nombre deriva a su vez del árabe Sammur, que significa negro u oscuro. Y entonces, como quien no quiere la cosa, todos los demonios salen a pasear por la mesa con destrucción ficticia de florerito mediante, gritando que cómo era eso de que no había mucho para decir sobre ellos que, al fin de cuentas, eran lo más divertido de la era oscura).
Toda esa danza demoníaca se vio interrumpida por la risa de mi interlocutora y su gesto de “¡¿qué?!”. Y el bochornoso remate que habla de mi sordera creciente, “-pensé que me hablabas de moños para el pelo”. A lo que contesto: “-imposible, ¿qué tienen que ver las momias con los moños? (el supuesto aquí es que demonios y momias comparten una cercanía ontológica de la que no participan las últimas con los adornos para el pelo de la dama y el bolsillo del caballero). Como sea, a estas alturas el disparate estaba servido en bandeja y la conversación fluyó a tropiezos y sobresaltos. Ninguna de las dos terminó su respectiva ensalada. Eso sí, las momias volvieron a ocupar el centro de atención y mientras me informaba mi amiga sobre el desastre químico que habría producido el chamusque del desgraciado cuerpo de Tutankamón, me prometí hacer algo con este pequeño enredo de la vida cotidiana.
Cierto es que la cuestión reside, definitivamente, en que ideas hay muchas, solo que concreciones, poquísimas. Así fue como me dije a mí misma que todo no se puede en esta vida, y me dejé ganar por la pereza, y la hoja quedó en blanco, y el chiste permaneció trunco.
***
Retomo la narración unos días después, atravesada por cien estallidos en mi mundo y esquirlas en el ánimo. Quiero seguir el trayecto de la hoja en blanco y no sé cómo. En eso me pregunto si acaso es preciso insistir en las conexiones, en la coherencia, en encadenar el hilo de una trama abierta y renuente a ser trabajada. En cualquier caso, me digo, la vida se parece más al chiste de los moños y de los demonios de lo que pudiera imaginarme. La vida es una gran incomprensión, una función delirante, desubicada y absurda en la que los demonios, las momias, los moños y hasta los ángeles se juegan al tute el instante siguiente. ¿Podría ser el contenido del futuro -acaso- el resultado de una batalla? ¿Podrían nuestros pasos próximos derivarse de una azarosa concatenación de jugadas en las que las diez de última definen el aquí y ahora?
Desconozco los demonios que se juegan mi sangre. Ignoro los ángeles que reclaman, juguetonamente, las noches que me aguardan. Todavía no adiviné la partida que me deja a mitad de camino entre la gloria y la nada misma. Por ello insisto en preguntarme, ¿son los juegos los que imitan a la vida, o es la vida la que emula nuestros juegos? ¿Cuántas chances tendremos de hacer un digno papel en este entuerto?
Muchas preguntas, ninguna respuesta. Pensándolo bien, si la vida es una inconexión manifiesta, un azar descarriado, ¿por qué no seguirle el chiste? No querría ser menos; no ahora que caigo en la cuenta que ni siquiera puedo mantener los cables a salvo de los dientitos de Plutón, el pequeño gato negro que desordena todos los instantes, todos.
2. Y hubo una vez una (des)conexión
Andaba yo pensando en estas cosas simples cuando me dije -o me rendí ante la evidencia- que la vida es un caos y que su supuesta solemnidad es un atrapamoscas para que no veamos que en el fondo no hay más que un par de naipes o unos bonitos dados nacarados haciendo de las suyas. Frente a la poca seriedad de lo que hay, abro bien los ojos y pongo aviso antipoético: “todo lo que ocurre en el tiempo es el resultado de un tute”. Cabrero, para más detalles.
Vamos a ver, que se viene la (des)conexión de jueves y merece la pena darse una vuelta por la historia de las probabilidades y del tute.
Resulta que la teoría de las probabilidades tiene un origen de garito. Literalmente. Me permito la cita erudita:
“En la sociedad francesa de 1650, el juego era un entretenimiento corriente…Como cada vez se introducían juegos más complicados con cartas, dados, etc., y se apostaban sumas considerables en los establecimientos de juego, se dejó sentir la necesidad de un método racional para calcular las probabilidades de los diversos juegos. Un jugador apasionado, el caballero De Méré, tuvo la idea de consultar en París al famoso matemático y filósofo Blaise Pascal sobre algunas cuestiones relacionadas con ciertos juegos de azar, y esto dio origen a una correspondencia entre Pascal y algunos de sus amigos matemáticos, sobre todo con Pierre Fermat, de Toulouse” (Cramér, 1968: 4).
El intercambio epistolar dio inicio a las sesudas discusiones que derivaron en la definición clásica de la probabilidad:
“La probabilidad de que se presente determinado suceso es igual al cociente del número de casos que son favorables a este suceso, por el número total de casos posibles, con tal que todos estos casos sean mutuamente simétricos” (Cramér, 1968:5).
-Miralo vos ahí a Pascal, calculando la ocurrencia de los dados.
-Y no se conformó con eso. Comentan que Pascal trabajaba los jueves.
-¿Por eso se le ocurrió la famosa apuesta Infini-Rien? ¿Por qué se deliró un jueves?
-Algo así.
-¿Me explicarías el argumento en torno a la existencia de Dios y cómo se las ingenia Pascal para apostar para creer en él?
-No, no me alcanza el tiempo. Pero te dejo la cita para que lo pienses:
“Usted tiene dos cosas que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que comprometer: su razón y su voluntad, su conocimiento y su bienaventuranza; y su naturaleza posee dos cosas de las que debe huir: el error y la calamidad (miseria). Su razón no está más dañada, eligiendo la una o la otra, puesto que es necesario elegir. He aquí un punto vacío. ¿Pero su bienaventuranza? Vamos a pesar la ganancia y la pérdida, eligiendo cruz (de cara o cruz) para el hecho de que Dios existe. Estimemos estos dos casos: si usted gana, usted gana todo; si usted pierde, usted no pierde nada. Apueste usted que Él existe, sin titubear (Pascal, 1670).
-No entendí.
-No te preocupes, te dejo un link: estadisticaparatodos.es
-¿Por qué el apuro?
-Porque quiero hablar del tute.
-Ok, manejate.
Lo del tute es otra hazaña estratégica entre el infinito y la nada o más modestamente, entre ganar y perder. El juego parece que se trasladó de Italia a España allá por el siglo XV y se cuenta que llegó en oleadas a América toda. Las variantes son muchas, aunque solo en Buenos Aires y en Montevideo se juega el tute cabrero en cuyo nombre resuena el tutti (se juega a todo) por un lado, y al cabreo que se monta con la fanfarronería del ganador (siempre en masculino porque las mujeres no podían jugar una partida que demandara un ingenio que, por definición, no tenían). Lo del cabreo me lo he inventado (en parte): el dato que tenemos es que el ganador tenía permitido la burla y el escarnio a sus competidores hasta límites insospechados. Hecho éste que provocaba toda clase de riñas imaginables. Lejos de precisar de una teoría pascaliana para evitar la ruina económica como aquellos franceses de fino garito, los jugadores de tute la necesitaban para no enredarse en el gris zombie de una mala partida.
Porque lo cierto es que el tute no es famoso por sus imponderables finales de compadritos, sino por la hermosura poética de su definición. Lo terrible del juego es que pierde quien se queda en el medio, esto es, el que no tiene los puntos suficientes para ganar, pero tampoco los casi nulos puntos para perder. Se ha llevado algunas bazas, paupérrimas ellas, que le han permitido ilusionarse -por un mal cálculo de las efectivas probabilidades- con la ventaja ya lejana de un capote, de un lindo tute o de cantar las cuarenta y las diez de última.
¡Pobre fulano!, ha quedado encerrado en el limbo de lo que no es ni carne ni pescado. A merced, sin lugar a dudas, de demonios, ángeles y toda clase de seres con alas o con cuernos. Su andar discurre en la inconstancia de no ser o de ser-casi-apenas. Algo que a cualquier jugador le conmueve hasta los huesos, porque el estar siendo es un estado sino indeseable, incomodísimo.
Y por ello es que saltan chispas, y truenan los espejos y chocan las estrellas.
Y por ello es que el cabreo es monumental, cuando no debería serlo, porque la vida es eso que pasa mientras estamos apostando.