El Capitán Bezos: breve relato sci-fi en tiempos de capitaloceno

El Capitán Bezos: breve relato sci-fi en tiempos de capitaloceno

“Ahí va el Capitán Bezos por el espacio
Con su nave de fibra hecha en Haedo
Ayer colectivero
Hoy amo entre los amos del aire…”
(Perdón, Flaco)

1.De pequeña yo tenía un marcado/ sentimiento ficcional

La ciencia ficción me acompaña desde que tengo memoria. El problema es que mi memoria suele ser un lugar bastante desordenado. Así que mientras miro el aterrizaje del capitán Bezos, trato de recordar el título de un libro de Arthur Clarke a quien le debemos, entre tantas cosas, la claridad meridiana de su tercera ley: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Mi memoria, les decía, se parece mucho a la papelera de reciclaje de una computadora, solo que aquella tiene carpetas organizadas bajo títulos tales como: “pasado y superado”, “pasado y en procesamiento”, “hacia atrás ni para tomar impulso”, “decime que es un chiste”, etc. La primera carpeta es la mejor, sin lugar a dudas. Pasado y superado es una carpeta que contiene otras tantas carpetas comprimidas de las que solo ha quedado el nombre rememorando qué había allí antes de que el espacio fuera liberado. No hay dudas, es la carpeta más bonita. Allí guardo todos los aprendizajes bien aprendidos y unas cuantas etiquetas de justicia cósmica. Porque vamos a ver, yo no creo en casi nada, pero cuando se me da por el lado creencial de la vida, me las creo todas. Y ahí sospecho que existen unos/as cuantos/as dioses/as que administran y reparan -en tiempo sideral- el daño causado en la placa mother por gente que anda por la vida sin orden ni concierto. Entonces continúo imaginando que la administración de justicia intramundos tiene poderes plenipotenciarios para repartir -a cada quien- su merecida sanción.  Y voy despejando la papelera de reciclaje a la vez que lucho por encontrar la carpeta de “recuerdos varios”, “prohibido olvidar”, “misceláneas”. Cuando ya no puedo más, abandono el intento y recurro a la obra de magia, o sea, internet: ¡¡¡Las fuentes del paraíso!!!!! -Ese mismo-, me digo. -Exacto-, me repito. De ese libro es del que me quería acordar y no sé para qué, porque trataba sobre un ascensor espacial que, según el autor, comenzaría a construirse unos diez años después de que la gente dejara de reírse (esto lo dijo en 2008, antes de morir, recordando su ¿presagio? contenido en la narración del texto del 69).

Lo de las fuentes del paraíso parece antojadizo, aunque no lo es. En mis figuraciones, esa tecnología no me resultaba tan lejana. De hecho, como sabrán, hace tiempo que la NASA realiza concursos para incentivar el desarrollo de la tecnología que lo haga posible. Dos son las modalidades del concurso, a saber: “una centrada en la resistencia del cable y otra dedicada a la fuente de energía del elevador. Las reglas son muy sencillas. En el primer caso, los equipos participantes presentan muestras de su cable, las cuales se someten a un tremendo esfuerzo mecánico hasta que se rompen. En el segundo, los equipos construyen robots escaladores que pueden trepar por un cable vertical. El desafío consiste aquí en transmitir de forma inalámbrica la energía al escalador” (http://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/152/el-ascensor-espacial). Por supuesto que, con los desarrollos presentados en esas modalidades, se estaría lejos de resolver la cuestión del ascensor espacial. Como bien señala el artículo referido, habría que solucionar un par de cositas: la exposición de los/as tripulantes a la radiación ionizante que recibirían al atravesar el cinturón de Van Allen (léase bien para no confundir el cinturón con el grupo liderado por Eddie) y el eventual impacto de meteoritos y satélites artificiales que andan circulando sin pena ni gloria.

La pregunta que algunos/as se estarán haciendo (además de la ya clásica, “¿dónde irá a parar este texto?”) es para qué querríamos este ascensor. En virtud de ajustarnos al espacio, digamos que el mismo permite establecer observatorios espaciales a gran altitud, reabastecer de energía o materiales a los satélites y lanzar naves espaciales hacia los planetas exteriores.
Last but not least…El ascensor permitiría el turismo espacial y, ya que estamos, colonizar Marte.

2.El capitán, Pareto y los zorros

Finalmente, Jeff Bezos superó la línea de Kármán que constituye el límite entre la atmósfera y el espacio exterior. Eso sí, este límite no es una frontera “natural”; se trata más bien de un punto donde la atmósfera se vuelve mucho más delgada y fina hasta casi desaparecer. Según la Federación Aeronáutica Internacional esta delimitación convencional tiene una razón de ser. La altura de los 100 km (o 122 km para indicar la línea de reentrada de una nave) sobre el nivel del mar fue establecida por Theodore von Kármán “calculando la altura a la que la densidad de la atmósfera se vuelve tan baja que la velocidad de una aeronave para conseguir sustentación aerodinámica mediante alas y hélices debería ser equiparable a la velocidad orbital para esa misma altura, por lo que alcanzada esa altura por esos medios las alas ya no serían válidas para mantener la nave” (https://www.tiempo.com/ram/el-limite-superior-de-la-atmosfera-la-linea-de-karman.html). Es decir que, por encima de ese límite, si una nave no alcanza determinada velocidad, no tiene sustentación aerodinámica o no compensa el tirón gravitatorio. 

Y ahora que hablamos de compensaciones (?), pensaba en el ganador de la subasta para tripular el New Shepard junto con el CEO que supera todos los límites, ya no de la atmósfera, sino de la taxonomía de archi-ricos/as planetarios/as. Porque, les recuerdo, un señor pagó la friolera de US$28 millones para ocupar un lugarcito en la cápsula símil café espresso y al final dijo que no, que tenía otros compromisos. Desde mi acotada economía, no me imagino cuál puede ser el motivo por el cual alguien decide desdeñar un paseo por las nubes por el cual se ha pagado cifra semejante. Me dirán ustedes, -es que, en su libreta de almacenero, estos millones representan un vuelto-. -Es cierto, respondo; algo así como esos caramelitos de regaliz que te daban en el kiosco cuando no había monedas y que sospecho, siguen siendo los mismos que circulan en todo vuelto existente porque constituyen el non plus ultra de la fealdad.

Es en este momento en que me enojo y me acuerdo de Pareto y su aproximación estadística 80/20 (el 80 por ciento de una población se reparte el 20 por ciento de un bien -pongamos por caso-, y el 20 por ciento restante, se reparte el 80 por ciento del bien). Más allá de si es 80/20, 90/10 o algo por el estilo, me molesta que la realidad insista en reforzar la estadística. Y ya cuando el mundo se obceca en imitar a sus teorizaciones…eso, exactamente, eso, me da alergia (Vilfredo es un poco más cuidadoso con el lenguaje cuando dice: “Puesto que no conocemos enteramente ningún fenómeno concreto, nuestras teorías de esos fenómenos no son más que aproximadas. No conocemos más que fenómenos ideales, que se aproximan, más o menos, a los fenómenos concretos” (1945: 14)).

Puede que finalmente más que de una reacción alérgica, mi enojo se trate de una deformación perspectivista, pero qué más da, lo que se siente no se niega. Después habrá tiempo para acomodar la razón.
 
Probablemente, también, lo que me termina disgustando es algo que ya mencionara Pablo Capanna en su libro Maquinaciones (2011) a propósito de Ulises, Platón y Mercurio. Según este autor, A.Whitehead había ya señalado que la inteligencia de Ulises es la que compartimos con los zorros, mientras que la inteligencia platónica nos acerca a los dioses. Ambas inteligencias representan la alianza entre ciencia y tecnología que se afianza y se estrecha desde la Modernidad en adelante. Pero en un momento de la historia, que Capanna hace coincidir con la biografía de Thomas Alva Edison, ciertas venas mercuriales irrumpen en la escena: el futuro del negocio no está en el comercio de bienes sino en el de la tecnología. “Para entonces, la autoridad del investigador comenzaba a medirse en patentes. Mercurio -sostiene el autor- acababa de comprar el alma de Ulises” (2011: 204). Y continúa:

“No está de más recordar que en la mitología el Mercurio latino no solo era el griego Hermes, aquel médico del caduceo con las serpientes entrelazadas. También era el numen del comercio, de las comunicaciones y de los ladrones, todo el cual hacía de él el patrono ideal para el capitalismo (…) En el mito, Ulises también venía de una familia de ladrones…Pero en ciertas tradiciones, Ulises, Autólico y Sísifo son distintos nombres de Hermes, es decir, Mercurio. Todos para uno, y uno para todos” (ibid.).

El capitán Bezos y otros zorros hacen de las suyas. Tal vez aprovechando que cierta tecnología y la magia se parecen bastante, como diría Clarke, no nos damos cuenta que detrás de la fascinación, el conejo y la galera, nos están vendiendo espejitos de colores. Tal vez el 20% se está preparando para dejarnos en este planeta devastado para irse a poblar otro como en nuestras peores distopías y nosotros/as acá, festejando el traspaso del límite de Kármán.

A esta altura y de un plumazo, cierro diciendo que solo se me ocurre ir por los erizos para contrarrestar un poquito el peso de los zorros. A Arquíloco, poeta griego, le debemos el proverbio que sentencia: «Mientras que el zorro sabe de muchas cosas, el erizo sabe mucho de una sola cosa». No sé nada de erizos, pero parece que son autoridad en algo y solo en algo. Una vez que encontremos a los erizos habrá que preguntarles de qué cosa saben mucho. Pero si acaso ocurre que no saben exactamente de qué cosa podrían llegar a saber mucho, es cuestión de colaborar y darles un par de ideas para destrabar las maniobras distractoras de los zorros que no dejan de llevarse todos los vueltos mientras miramos hacia arriba esperando que algo derramado llegue a las raíces del 80%.


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